La Fiesta del Chamamé hizo «un poco de ruido»
La jornada del lunes desempolvó un viejo debate sobre la inclusión de otros géneros a la 35° Fiesta Nacional del Chamamé, una postal que se vio en la madrugada de ayer donde varios conjuntos subieron al escenario Sosa Cordero, propuestas que al menos generaron confusiones. La incorporación de un estilo musical, existente en las celebraciones del interior y que navega entre el chamamé y la cumbia, ha generado un debate saludable: ¿enriquece o diluye la identidad?
Mientras que al cierre de esta edición una multitud esperaba por Soledad Pastorutti, en la noche anterior el anfiteatro Cocomarola vibró ante una multitud que llegó de toda la región para ver artistas como Los Príncipes de Misiones, (ganadores del premio Revelación) y Cristian Herrera, que subió con instrumentos como timbales y güiro, interpretando los principales hits de la cumbia nacional. Esto sacudió el ambiente, y para muchos por momentos desvirtuó el verdadero espíritu del lema que propone la organización «Chamamé; Refugio de identidad».
Y en este punto desde la organización sostienen el éxito convocante que genera este movimiento, que colmó un día lunes el predio del anfiteatro, observación que permite pensar si ese el objetivo de la celebración o custodiar la esencia del chamamé.
Para tener en claro, la creación de la fiesta fue concebida bajo la premisa de salvaguardar la esencia, la identidad y la tradición de una expresión que tiene alma guaraní. Luego de más de 20 años de construcción sobre este concepto, la celebración de a poco parece perder esta celosa custodia, que fue por muchos años envidia de otras fiestas nacionales, que veían incluso a Corrientes como ejemplo de fidelidad a su identidad y que llevó a este escenario a ser de los más importantes del país, sin necesidad de populismos, ni estilos que proponen melodías.
Hay que replantearse, al menos, cuál es el sentido de poner en el altar del chamamé, canciones con letras de hits tropicales (la mayoría composiciones de autores mexicanos, muy lejanos a la identidad regional), que se entremezclan con sonidos de guitarra y acordeón, generando solo confusión en plena celebración.
Esto, pone entre paréntesis el rol de custodia de los correntinos sobre el chamamé que en esta edición perdió espacio en su propio escenario ante un ritmo al menos híbrido; pero también poniendo luz a expresiones ajenas a la celebración como chacareras, zambas, carnavalitos, indipop, entre otros ritmos que ganaron escena en el paño chamamecero. No hay argumentos sólidos sobre esta situación y la preocupación crece ante un ritmo que no es considerado propio por los chamameceros ni tampoco reconocido por los artistas de la cumbia.
Este ambiente difuso tocó el orgullo de verdaderos cultores, quienes sostienen que la fiesta, faro del litoral argentino, debería ser un altar intocable del género que los define. «Creo que debemos celebrar lo que somos, esta fiesta tiene ese objetivo, para otros géneros tenemos todo el año para compartir, la fiesta es un momento que debe ser sagrado, para mostrar lo nuestro», expresó Santiago «Bocha» Sheridan, que desde hace muchos años viene sosteniendo esta postura.
Algo similar expresó Gustavo Miqueri, que desde el escenario exclamó que «más de 300 composiciones realizó el viejo (Salvador Miqueri) antes de irse, para que nos sirvan de guía, para que cantemos chamamé, para seguir sintiendo la correntinidad a flor de piel». En este punto es claro y conciso el pedido de los músicos custodiar la auténtica expresión cultural para que el escenario no ceda espacios a los oportunismos.
Este sonido, de timbales y letras genéricas, choca frontalmente con la profundidad del chamamé: sus acordes melancólicos, sus relatos de río, de amor por el pago y su alma guaraní. No es fusión creativa, sino invasión comercial que prioriza lo trendy sobre lo auténtico. ¿Dónde quedan los valores correntinos que tanto exaltamos en artistas como Julián Zini, Salvador Miquero o los mismos Cocomarola y Montiel? La fiesta pierde cuando sacrifica su identidad, por audiencias masivas. Urge un retorno a lo puro: chamamé sin adornos foráneos, para que siga flameando la bandera cultural del género a los ojos del mundo y no caer en un festival genérico de populismo híbrido.
