¿Tiene sentido la vida? Entre el azar y el propósito

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La falta de un sentido dado no es un vacío, sino una tarea: la de construir, desde la finitud, el significado de nuestra propia existencia. En ello radica, quizá, la más profunda paradoja del ser humano: que pueda vivir con propósito en un universo que tal vez carezca de él.

Cuando se reflexiona filosóficamente sobre el sentido de la vida, suele distinguirse entre el sentido que cada persona puede otorgarle subjetivamente a su existencia —por ejemplo, luchar por una causa justa, trabajar en lo que se ama, formar una familia o convertirse en atleta de alto rendimiento— y la pregunta más radical acerca de si la vida, en sí misma, posee un sentido o una profundidad últimos. Es esta segunda cuestión la que me interesa aquí. ¿Y qué podría conferirle a la vida esa condición última? La existencia —o inexistencia— de Dios. Melodramas aparte, intentemos explicarlo.

Empecemos por determinar qué entendemos por “sentido”. Este término admite, al menos, tres acepciones principales. En primer lugar, como dirección, es decir, como orientación hacia un fin: el sentido de un viaje de Mendoza a Buenos Aires, por ejemplo, existe solo mientras dura el trayecto; al llegar al destino, se disuelve. En segundo lugar, como significado, es decir, en tanto una palabra o un pensamiento remiten a algo distinto de sí mismos: el concepto de “gato” o de “mesa” no designa la palabra en sí, sino el objeto real al que alude. Por último, como percepción, ya que nuestros sentidos —la vista, el oído y el olfato— nunca se perciben a sí mismos, sino que su atención está siempre volcada hacia lo otro: no vemos nuestra vista, ni escuchamos nuestro oído, ni olemos nuestro propio olfato. En todos los casos, el sentido se halla en la alteridad, es decir, en lo que está fuera de uno mismo. Por eso, el sentido de la vida, si existe, no puede encontrarse en la vida misma. “El sentido del mundo —escribía Wittgenstein con razón— debe hallarse fuera del mundo”.

Aquí radica, entonces, el problema: no sabemos si la vida tiene un sentido último porque tampoco sabemos si existe algo fuera del mundo, en otras palabras, si existe un Dios o un paraíso trascendente. Así, si Dios no existiera y, por tanto, tampoco una vida más allá de la muerte, ¿qué significado último podrían tener el cosmos y, en consecuencia, el propio ser humano? Si todo está destinado, tarde o temprano, a perecer —también el universo que nos contiene—, ¿qué lugar ocupan, en tal caso, el sufrimiento, la esperanza, la lucha o la justicia en este devenir que, finalmente, parece no conducir a nada? El universo, en relación con el hombre, sería “sordo a su música, indiferente a sus esperanzas, tanto como a sus sufrimientos y crímenes” (Jacques L. Monod). A este respecto, el teólogo Torres Queiruga plantea: “¿Vale la pena el inmenso esfuerzo de la historia? ¿Cabe dar algún sentido al enorme peso de sufrimiento, de angustia, de sangre…, que es preciso pagar por la construcción del mundo? ¿Se apaga la vida con la muerte individual y se apaga el mundo con la muerte cósmica?”.

La visión creyente, en este sentido, resulta sin duda más hermosa y consoladora —pues promete el resarcimiento de la justicia y la plenitud última del ser humano en una vida eterna liberada, al fin, de los estragos de la finitud y la iniquidad—, pero no por ello necesariamente verdadera. Los ateos, por su parte, no pueden escapar al sinsentido, a lo trágico o al absurdo. Y, sin embargo, eso no los perturba: saben que la verdad no siempre coincide con el consuelo. El deseo de que la vida posea un significado último o de que exista una vida después de la muerte no prueba nada; o, si acaso prueba algo, solo demuestra la existencia del deseo, no la realidad de aquello hacia lo que apunta.

Para quienes no creemos que la vida posea un sentido último o escatológico, no hay motivo para la desesperanza ni para el nihilismo. La falta de un sentido dado no es un vacío, sino una tarea: la de construir, desde la finitud, el significado de nuestra propia existencia. En ello radica, quizá, la más profunda paradoja del ser humano: que pueda vivir con propósito en un universo que tal vez carezca de él. Pero, como decía Albert Camus, vivir apasionadamente ya constituye, por sí mismo, un acto de resistencia contra el absurdo. Sea como fuere, no tenemos que amar la vida porque tenga sentido, sino que, al amarla, adquiere un sentido para nosotros.

Si el hombre no es más que un producto del azar más el tiempo, si no posee un propósito o sentido último, ¿vale la pena haber nacido solo para morir? Estoy convencido de que sí. No necesitamos una garantía de eternidad para que la vida valga: precisamente porque vamos a morir, vivir se vuelve urgente. Esto solo es una mala noticia para los nihilistas, que ven en la muerte la anulación de todo sentido y valoración, y para aquellos creyentes que, aferrados a la promesa de una vida futura, devalúan la única que verdaderamente poseen: la del aquí y el ahora.