Los artistas y el compromiso político: ¿convicción o estrategia?
Algo similar —aunque en otro registro— ocurre con la selección argentina. No son artistas ni pretenden serlo, pero también cargan con la expectativa política de una parte del público. Muchos sectores les reclaman que se pronuncien contra el gobierno de Javier Milei; su silencio, en lugar de interpretarse como neutralidad, es leído por algunos como un gesto implícito de aprobación. Así, incluso la decisión de no decir nada termina siendo traducida en clave ideológica. En tiempos de polarización extrema, no hablar también se convierte en una forma de hablar.
Pero, no nos engañemos, también hay riesgos. Tomar partido implica perder público, recibir ataques, quedar atrapado en debates que exceden la música o el cine. No todo es ganancia. Algunos artistas, efectivamente, creen en lo que dicen y asumen las consecuencias. Otros, tal vez, descubren que la épica vende (y mucho).
La facilidad con la que hoy alguien se convierte en referente político habla tanto del artista como del público. Vivimos una época que desconfía de los políticos profesionales y busca autenticidad en otros espacios. El cantante, el actor o el deportista parecen más cercanos, más “reales”. Pero esa cercanía es, en buena medida, una construcción mediática.
El problema no es que un músico opine. El problema es confundir un gesto estético con un programa político. Una canción no es una ley, ni un show un plan de gobierno. El artista puede iluminar sensibilidades, expresar malestares, incluso inspirar cambios. Pero no reemplaza la deliberación democrática ni la responsabilidad institucional.
Quizás la cuestión de fondo sea otra: ¿queremos artistas mudos, confinados a entretener, o ciudadanos que, además de cantar o actuar, participen del debate público? La respuesta no es sencilla. Lo que sí parece claro es que, en la era digital, la política encontró en el espectáculo un aliado poderoso. Y el espectáculo descubrió que la política, bien administrada, también puede ser parte del show.
* El autor es licenciado en relaciones humanas y docente.

Por Bruno Álvarez