La nada de la nada
Tal vez, «Nada» sea esta la palabra de nuestros tiempos, la que mejor representa la moral neutral, la falta de compromiso frente a los valores que deben guiar nuestras vidas. Nada para permitirlo todo. Nada para demostrar que se codicia el éxito en favor del dinero, es decir, triunfar para ganar, no para ser mejores, más ricos espiritualmente. Nada para merecer nada. ¿Y las palabras? ¿Dónde hay un tiempo y un espacio para las palabras? ¿Dónde hay palabras para poblar tantos espacios?
Después de este ejemplario nada ejemplar, no sorprende, pues, que el hablante ya no tenga muchas palabras para decir y que transparente esa poquedad verbal con la pegadiza, aliviadora, atlética y tan posmoderna palabra nada, con la que responde con ligereza a alguna pregunta o reflexiona en voz alta para llenar sus silencios y poner de relieve su sintaxis resquebrajadiza.
Esta inocente palabra de cuatro letras, siempre deshabitada por ignorancia, siempre a prueba de lenguas humanas y siempre también puesta a prueba, tiene una biografía sencilla.
Comienza a usarse en 1074. En sus orígenes, carece de cargas negativas, pues procede del latín [rem] natam, ‘cosa nacida’ (empleada ya en la antigua lengua familiar latina con el sentido de ‘el asunto en cuestión’; ‘el caso que se da’): Rem natam non fecit, ‘cosa nada no hizo’, ‘no hizo el asunto’, es decir, ‘no hizo nada’. Y así nos lo demuestra Cervantes en el Capítulo VII de la Primera Parte del Quijote, cuando don Alonso Quijano, desorientado, busca el aposento donde estaban sus libros y como no lo encuentra, a pesar de que revuelve los ojos por todo, le pregunta al ama, y esta le contesta: «—¿Qué aposento o qué nada busca vuestra merced? Ya no hay aposento ni libros en esta casa, porque todo se lo llevó el mismo diablo».
Según Corominas, «debe dejarse abierta la posibilidad de que bajo la influencia de nadie (homines nati), la locución res nata, empleada en frases negativas, tomara el valor pronominal e indefinido que es propio de nada».
En catalán, se dice «no ha quedado ni res», y en castellano, «no ha quedado nada». Res y nada proceden de res nata, ‘la cosa nacida’. Pero los catalanes han elegido res, y los castellanos, nada para significar lo mismo.
A pesar de que alguna vez se dijo «el nada», hoy, según el Diccionario académico, es un sustantivo femenino que significa ‘no ser, carencia absoluta de todo ser’; ‘cosa mínima o de muy escasa entidad’. Como pronombre indefinido, denota ‘ninguna cosa, negación absoluta de las cosas, a distinción de la de las personas’; ‘poco o muy poco’; como adverbio de negación, se usa para decir ‘de ninguna manera, de ningún modo’.
Las nadas que, sin darse cuenta, acumulan los hablantes día a día conforman el antipoema que desintegra los silencios necesarios:
La nada no es nada. / No somos nada. / Nada por delante, nada por detrás. / Nunca, nadie, nada. / Casi nada. / Sombras nada más… / Nadie dice nada. / Solo sé que no sé nada. / Nada se inventa de la nada. / Contra eso no se puede hacer nada. / No tenemos nada que esconder. / ¡Nada más alejado de la verdad! / No hay nada como no hacer nada. / No cuesta nada. / Ganar dinero por no hacer nada. / No está nada mal. / Soñar no cuesta nada. / Peor es nada. / Nada de aire, nada de polvo, nada de luz. / Nada de alcohol; nada de azúcar; nada de sal. / ¿Llevo tres días sin nada que decir o llevo tres días sin decir nada? / Nada más nada es igual a nada. / Todo de nada es nada. / Nada es lo que parece. / Nada hay más perfecto que el amor. / ¡Nada de cuentos! / Verás que nada es amor, / que al mundo nada le importa… / Nada de cosas imposibles. / Nada es imposible para Dios. / Pero no cree en nada. / Hablar por hablar no cuesta nada. / Un hombre solo no vale nada. / Esto no es nada nuevo. / Vivimos en el país de no pasa nada. / ¡Música y nada más! / ¡Nada, nada queda en tu casa natal! / ¡Nada, nada más que tristeza y quietud! / Veinte años no es nada. / Nunca hace nada. / No hay nada que lo haga feliz. / ¿Cuál es el colmo del que no hace nada? / No saber nada, nada de nada. / Nada tiene tanto éxito como el fracaso. / No hay nada peor. / No hay nada que festejar. /Y aquí no ha pasado nada.
Tal vez, sea esta la palabra de nuestros tiempos, la que mejor representa la moral neutral, la falta de compromiso frente a los valores que deben guiar nuestras vidas; el obrar desapasionado; la necesidad de reconocimiento social, aunque solo se esgrima como logro una superficialidad patética; el cubrirse con una máscara para ocultar la inmadurez progresiva, dispuesta a legalizar el repudio al saber y la vida placentera. Nada para permitirlo todo. Nada para demostrar que se codicia el éxito en favor del dinero, es decir, triunfar para ganar, no para ser mejores, más ricos espiritualmente. Nada para merecer nada. ¿Y las palabras? Entre la nada y las llamas. ¿Dónde hay un tiempo y un espacio para las palabras? ¿Dónde hay palabras para poblar tantos espacios?
Ellas, también inmersas en ese exuberante facilismo, signo de nuestros días, adolecen de incoherencia humana. Ne quid nimis traducía Publio Terencio (190-158 a. C.) al latín las palabras de Solón (640-558 a. C.), uno de los siete sabios de Grecia, para expresar que todo exceso es dañino. De nada demasiado. Nosotros le agregamos a la sentencia una coma, que, desde su pequeñez, transforma el significado, y, además, signos de exclamación: «¡De nada, demasiado!». Sí, demasiadas nadas para nada.
* La autora es escritora. Expresidenta de la Academia Argentina de Letras.

Por Alicia María Zorrilla