Seis creencias en torno del Alzheimer que generan temor y conviene revisar
En un contexto donde aumenta la cantidad de personas con demencia, este temor alimenta creencias erróneas que generan pánico, falsas expectativas y decisiones equivocadas. Con motivo del Día Mundial del Alzheimer, que se recuerda el 21 de septiembre, la palabra de especialistas sirve para repasar cuáles son los mitos más frecuentes, qué dice la evidencia más reciente y qué se puede hacer en términos de prevención y cuidado, más allá de los fármacos.
Seis mitos frecuentes
- «Si vivimos lo suficiente, todos tendremos Alzheimer»
La edad es el principal factor de riesgo, pero no todos los adultos mayores desarrollan la enfermedad: miles llegan a los 90 con plena lucidez. Según el neurólogo Fernando Cáceres, el envejecimiento no es sinónimo de deterioro cognitivo, y una persona mayor con olvidos persistentes no debe naturalizarlos, sino consultar.
- «No se puede prevenir, todo depende de los genes»
La evidencia dice lo contrario. Según la Comisión Lancet, los factores modificables explican hoy casi 45% del riesgo de demencia (40% en su informe de 2020). Entre ellos: hipertensión, diabetes, tabaquismo, obesidad, depresión, sedentarismo, pérdida de audición o visión y aislamiento social. Tener un familiar afectado no implica que uno lo tendrá.
- «Si no aparece antes de los 80, ya no aparecerá»
La incidencia baja, pero hay casos que se detectan después de los 85 o 90 años. Los estudios sugieren que quienes llegan a esa edad sin deterioro tienen «factores de resiliencia» todavía poco comprendidos, un campo de investigación en expansión.
- «Los crucigramas o los juegos de memoria lo previenen»
Según la Alzheimer’s Association, la estimulación cognitiva ayuda, pero solo si es diversa. Aprender un idioma o un instrumento y sostener una vida social activa tienen más impacto que repetir juegos rutinarios. Es un estímulo recomendable, no un tratamiento, por más que lo prometan muchas aplicaciones.
- «Ya existen tratamientos curativos»
La realidad sigue siendo similar a la de los últimos tiempos: los fármacos alivian los síntomas, pero no curan; y su efecto amerita continuar las líneas investigativas. Ejemplo de esto son los nuevos anticuerpos monoclonales como el lecanemab o el donanemab, que mostraron retrasar la progresión en 25 a 30 % en estadios tempranos, aunque con riesgos, factor a veces no aclarado debidamente y con un alto costo, tema este último que genera diversas controversias.
- «Una vez diagnosticado, no hay nada por hacer»
Aunque el inicio de la enfermedad todavía no puede detenerse ni revertirse, hay margen de acción. Las rutinas estructuradas, el control de los factores vasculares, la estimulación social y el apoyo familiar mejoran la calidad de vida. Un diagnóstico temprano permite vivir bien el mayor tiempo posible y planificar el futuro.
El mito más profundo y dañino es creer que olvidar un nombre o una fecha equivale a la pérdida del ser. Según el psiquiatra y neurólogo Enrique De Rosa Alabaster, la práctica clínica muestra otra cosa: aunque la memoria de hechos decae, la memoria emocional se conserva de manera notable. Una caricia, una melodía conocida o la presencia de un ser querido siguen despertando respuestas profundas.
La memoria no vive solo en las redes neuronales: también reside en los vínculos. Por eso, forzar a la persona a recordar datos precisos solo genera frustración y angustia. El acompañamiento consiste en conectar desde el presente emocional y reconocer que la esencia de la persona sigue allí.

La prevención se logra combinando varias acciones
– Cuidar la salud de base: controlar la hipertensión y la diabetes, y tratar la pérdida de audición o visión.
– Moverse y comer bien: ejercicio regular y una dieta de tipo mediterráneo; evitar el tabaco.
– Aprender cosas nuevas: idiomas, música u otras habilidades, más que repetir ejercicios.
– Cultivar vínculos: la soledad crónica reduce la resiliencia frente a la acumulación de daño neurológico. Los lazos sociales protegen.
– Atender el ánimo: la depresión también es un factor de riesgo modificable.
Cuándo consultar
Los olvidos ocasionales, como un nombre o el lugar donde quedó un objeto, son frecuentes. Según la Alzheimer’s Association, conviene consultar si aparecen de forma persistente señales como:
– olvido de información recién aprendida y preguntas repetidas;
– dificultad para planificar, seguir una conversación o realizar tareas habituales;
– desorientación en el tiempo o el lugar, o pérdida frecuente de objetos;
– cambios en el juicio, apatía o cambios de personalidad y de ánimo.
Consultar también sirve para descartar causas tratables, como infecciones o déficit de vitaminas, que pueden dar síntomas parecidos. Además, los recuerdos antiguos suelen conservarse hasta fases avanzadas: lo que primero falla es la información reciente.
