Por qué el Chaco no crece: la raíz del problema económico
Por Carlos A. Acosta
Empresario Chaqueño – Estudiante de Licenciatura en Comercio
El estancamiento del Chaco no es casual ni reciente. Es el resultado de un modelo económico sostenido durante décadas que fue debilitando progresivamente la capacidad productiva de la provincia. Para entender por qué no crecemos, primero hay que entender qué es lo que realmente define la riqueza y qué nos está pasando por no seguir la lógica.
Empezamos dejando de mirarnos el ombligo y lo poco que producimos. La riqueza no está en la cantidad de dinero que circula, sino en la cantidad y calidad de bienes y servicios disponibles en la provincia. Cuanto más produce una sociedad y más intercambia, más rica es. En ese sentido, el problema del Chaco es claro: es una provincia con muy baja productividad.
Históricamente, se consolidó un esquema donde el empleo público pasó a ocupar un rol central. El empleo público es de un 60%, y del privado, que es el 40% restante, el 30% es plenamente dependiente del Estado -sin subsidios o ayuda directa no puede sobrevivir-. Este fenómeno no responde a un solo partido político, sino a una lógica transversal que se mantuvo a lo largo del tiempo con todos los gobiernos populistas que pasaron. El resultado es una estructura donde una gran parte de la población depende directa o indirectamente del Estado, mientras el sector privado —el único capaz de generar riqueza genuina— quedó reducido y condicionado (repartimos lo poco que producimos entre muchos).
En paralelo, producir en la provincia se volvió cada vez más difícil. La presión impositiva, las trabas burocráticas y los obstáculos administrativos generaron un entorno poco favorable para emprender o invertir. Abrir un negocio o desarrollar una actividad productiva implica enfrentar requisitos excesivos, costos elevados y una falta de previsibilidad sobre los impuestos o trabas que puedan aparecer en un mañana, lo que desalienta a cualquiera que quiera invertir.
A esto se suma el contexto nacional, marcado durante años por políticas de cierre económico. La falta de integración con el mundo limitó el acceso a bienes y servicios más eficientes y baratos, encareciendo el costo de vida y reduciendo la competitividad local. Así, los chaqueños terminan pagando más por productos de menor calidad, lo que impacta directamente en el poder adquisitivo -salario real-.
Pero el deterioro no es solo económico. También es cultural. Durante años, la expansión de ingresos no vinculados al trabajo, como las pensiones o las becas, hizo que nuestros jóvenes no produjeran nada y hasta cayeran en los vicios de la ilegalidad no controlada, como las drogas y otros similares. Esto debilitó los incentivos al esfuerzo y rompió la transmisión de oficios entre generaciones. Actividades tradicionales como la agricultura, la carpintería, la mecánica o la producción maderera dejaron de pasar como práctica de generación en generación, ya que trabajar daba el mismo resultado que no hacerlo, y esto destruyó a nuestros jóvenes, esos que hoy ya son adultos y pagan el precio, afectando la identidad productiva de la provincia y hundiéndola en la decadencia.
Mientras tanto, el mundo avanzó. Mejoró procesos, redujo costos y elevó estándares de calidad. El Chaco, en cambio, quedó atrapado en un sistema caro, ineficiente y con escasa capacidad de competir e intercambiar lo que produce para beneficiarse más, en comparación no solo con el mundo, sino también con otras provincias -no por nada somos la provincia más pobre del país-, y esto es un determinante a entender porque las grandes empresas que generan valor y empleos genuinos se radican en otras provincias.
El resultado es una economía donde pocos producen y muchos dependen de esos pocos. Y ese esquema no es sostenible en el tiempo; es más, es una bomba latente.
El camino hacia el crecimiento requiere un cambio profundo: reducir las barreras a la producción, simplificar la burocracia, aliviar la carga impositiva y generar condiciones para que el sector privado pueda desarrollarse, soltándole la mano a aquellos sectores que nada producen ni aportan, pero viven del esfuerzo ajeno. Solo así se podrá aumentar la cantidad de bienes y servicios disponibles, mejorar los salarios reales y dinamizar la economía.
La conclusión es directa: el problema del Chaco no es la falta de recursos, sino la falta de producción. Y mientras no se modifique ese eje, la provincia seguirá atrapada en un círculo de estancamiento y pobreza, lo que nos dejará mirándonos los unos a los otros en búsqueda de respuestas que nunca llegarán.
Como siempre digo, el Chaco no crece, y es por una decisión que fue, es y será siempre política.

