Murió Darío Lopérfido a los 61 años: un gestor cultural que nunca esquivó la polémica
Radicado en Madrid desde hace años, el exsecretario de Cultura y exdirector del Teatro Colón falleció este viernes tras enfrentar una Esclerosis Lateral Amiotrófica (ELA). Tenía 61 años y atravesaba la enfermedad desde hacía poco más de un año, diagnóstico que había hecho público con crudeza en una columna titulada “Tener ELA es una mierda”. Fue un actor central de la política cultural argentina, admirado y cuestionado con la misma intensidad.
Darío Lopérfido murió el 27 de febrero de 2026 en Madrid, ciudad donde transitó sus últimos años mientras la ELA avanzaba de manera irreversible. La noticia fue confirmada por allegados a su familia y rápidamente generó repercusiones en el ámbito político e intelectual. Dos meses antes había escrito: “El Darío de antes de la enfermedad ya murió”, en un texto descarnado sobre el deterioro físico y la pérdida de autonomía. “Lo más heroico que te puede pasar es caerte”, describió, fiel a un estilo directo, incómodo y sin concesiones.
Nacido en Buenos Aires el 5 de junio de 1964, combinó periodismo, gestión cultural y actividad política a lo largo de más de tres décadas. Durante la presidencia de Fernando de la Rúa fue secretario de Cultura y luego de Medios de Comunicación de la Nación. En la Ciudad de Buenos Aires ocupó la Secretaría y el Ministerio de Cultura, y más tarde asumió la dirección general y artística del Teatro Colón, donde impulsó coproducciones internacionales, transmisiones por streaming y la apertura de ensayos al público. También presidió Ópera Latinoamérica y representó a la Argentina en Berlín por designación de Mauricio Macri.
Su salida del Ministerio de Cultura porteño en 2016 estuvo marcada por la polémica, tras cuestionar la cifra de 30.000 desaparecidos de la última dictadura, en abierta confrontación con el consenso de los organismos de derechos humanos. Lejos de retractarse, sostuvo su postura aun frente al costo político. “Me podría haber retractado y seguir tranquilo o mantenerme en mi posición. Eso hice y me siento orgulloso de mi actitud”, afirmó años después. Esa coherencia, para sus detractores obstinación, definió buena parte de su perfil público.
En el plano cultural dejó una huella institucional perdurable: bajo su gestión nacieron el Festival Internacional de Buenos Aires y el BAFICI, que se consolidó como el principal festival de cine independiente de América Latina. Más tarde dirigió la Cátedra Vargas Llosa y mantuvo una relación personal y profesional con Mario Vargas Llosa, a quien consideraba una referencia central en la defensa de la libertad de expresión. En 2025, ya con la enfermedad avanzada, grabó en Madrid el ciclo “El hombre rebelde”, donde entrevistó a figuras como Leopoldo López, Sergio Ramírez y Yunior García, reafirmando su interés por las ideas y el debate público.
Liberal declarado, votante crítico y polemista estructurado —“La consigna siempre llega primero. Leer es opcional. Entender, directamente, sospechoso”, ironizaba—, defendió la libertad individual incluso en el tramo final de su vida. En España, donde la muerte asistida es legal, sostuvo que “uno no puede decidir nacer, pero puede decidir morir”, aunque aclaró que no había tomado esa decisión. Ateo confeso, encontró en la escritura una forma de proyectarse hacia el futuro, especialmente hacia su hijo Theo, nacido cuando él tenía 54 años. “Pienso que cuando crezca y yo esté muerto, él podrá leerme”, dejó escrito, como despedida anticipada de un hombre que vivió entre la gestión, la controversia y las ideas.
