Alrededor de la inevitable tensión entre ciencia y poder, tanto en Galileo, como en cualquier otro cultivador de las ciencias naturales que le toque actuar en estas lides, la cuestión de la conciencia aparece de modo insoslayable. Siendo casi septuagenario, Galileo estuvo dispuesto a sufrir prisión domiciliaria hasta su muerte por la defensa de su idea científica.
No es muy común encontrarse en la historia con un caso como el de Galileo Galilei, sobre todo porque está adornado de pintorescas leyendas. De todas formas, el mito Galileo sigue siendo aleccionador todavía en nuestros días, y en nuestras vidas. Podría considerársele uno de los mitos fundacionales de la ciencia moderna. Desde luego, aunque Galileo tuviera poderosos enemigos en Roma, jamás fue excomulgado ni condenado a la hoguera, ni sus escritos quemados. Sí es cierto que su Diálogo sobre los principales sistemas del mundo (1632), donde se burlaba del geocentrismo de Ptolomeo, no fue del agrado de la jerarquía eclesiástica, por estar escrito en lengua vulgar y serle permitido así llegar al hombre de la calle. Al parecer, a los poderosos de turno no suele gustarles que la ciencia se convierta en insumo popular. Entonces llega la acusación de ideología: la ciencia al servicio del poder enemigo. Los hombres de ciencia y muchos eclesiásticos ya sabían que la tierra no era el centro del universo, pero la cuestión era otra: el desafío a la autoridad en oficio y el libre pensamiento de la ciencia que no congeniara con la teología oficial. Con todo, la historia tuvo un final feliz. Desde Benedicto XIV, a mediados del siglo XVIII, quien autorizara imprimir los libros de Galileo, pasando por 1939, cuando en su primer discurso a la Academia Pontificia de las Ciencias, Pío XII calificara a Galileo como “el más audaz héroe de la investigación, sin miedos a lo preestablecido y los riesgos a su camino”, hasta nuestros días, la reivindicación de la inteligencia científica de ese hombre ha sido constante.¿La historia se repite? No, pero los patrones perduran. Sobre todo, en lo que hace a la simplificación binaria de los debates de cuestiones. Por eso no ha de llamarnos la atención si en algún titular se lee: “el Gobierno y los ambientalistas se enfrentan por la modificación de una ley de glaciares”. En realidad, el verdadero debate sobre el particular no es con los ambientalistas, sino con los científicos; al menos que queramos despachar el asunto apelando al recurso fácil de fusionar la ciencia con el ambientalismo.
Pero alrededor de toda esta tensión entre ciencia y poder, hay algo que concierne al hombre en una dimensión ética inusual que me parece oportuno considerar aquí. Pues tanto en Galileo, como en cualquier otro cultivador de las ciencias naturales que le toque actuar en estas lides, la cuestión de la conciencia aparece de modo insoslayable. No deja de ser interesante reparar en el hecho de que el ya casi septuagenario Galileo estuvo dispuesto a sufrir prisión domiciliaria hasta su muerte por la defensa de su idea científica. En este sentido, podría decirse que Galileo no sólo era un hombre intelectualmente lúcido, sino también de convicciones profundas. No se dejó amilanar por las presiones del poder.
Cuando todo pareciera indicar que sólo cabe defender con ahínco ideas centradas en el hombre, tales como la libertad, la igualdad o los derechos humanos, la historia nos revela que a veces la naturaleza pide que aboguemos, si no por sus derechos, al menos por nuestros derechos en relación con ella. O, mejor dicho, nos obliga a ello. Porque en la voz de la conciencia de un hombre de ciencia geológica, juzgar que un glaciar es una masa de hielo acumulada cuya estructura debe investigarse como el biólogo marino ausculta el comportamiento de una ballena, no es mera poesía ni ambientalismo woke. Es cuestión de vida o muerte. La ciencia, aun en sus facetas más abstractas, afecta también al bien y el mal de la vida humana; y por ello, el científico sabe que el mandato de la ciencia no es muy opcional que digamos. Con ideas claras y distintas acerca del movimiento de la tierra sobre el sol, no se puede negociar; incluso aunque se esté en frente de un tribunal eclesiástico con un santo varón a la cabeza del mismo, como era el cardenal jesuita Bellarmino.
En este sentido, Galileo o mis colegas del IANIGLIA, bien podrían hacer suyas las palabras de otro cardenal, esta vez Newman: «¿brindar por el Papa? Con mucho gusto. Pero primero “¡por la Conciencia!”, después “¡por el Papa!”». Pues «la conciencia es la voz de Dios», lo que equivale a decir la voz de una sabiduría y poder que están por encima de toda autoridad humana. Y en este sentido «la regla y medida del deber no es ni la utilidad, ni la conveniencia personal, ni la felicidad de la mayoría, ni la conveniencia del Estado, ni el bienestar, orden y pulchrum. La conciencia no es una especie de egoísmo previsor ni un deseo de ser coherente con uno mismo; es un mensajero de Dios, con autoridad perentoria como la de un rey» (Carta al duque de Norfolk).
Newman sostiene que la conciencia se antepone a cualquier mandato u obligación externos, por muy venerables que sean. Siguiendo esta lógica, se nota un componente religioso incluso en el cultivo de la ciencia. Pero aun sin reconocer las montañas como obra del Creador, esto es, la fuente divina de la que emana la voz de la conciencia, ni tener una creencia definida, esa voz del bien y el mal sigue siendo inconfundible. Algo así le ocurría a Calixta, la joven pagana protagonista de una novela del propio Newman: «cuando obedezco a ese eco, a esa voz, siento satisfacción; cuando no, siento dolor, amargura, pena: la misma alegría o el mismo dolor que siento cuando agrado u ofendo a algún amigo entrañable. Tú dirás: «¿y quién es? ¿Te ha dicho algo él acerca de sí mismo?» ¡Pues, no! Y esa es mi desgracia. Pero si hay un eco, es que hay una voz, y alguien que me habla».
Si allá por el siglo XIV Dante escribió que en vano guardan esperanza los que ingresan al infierno, en el siglo XX, Arendt precisaría: guardar la conciencia es lo que nos distingue como humanos.