En diciembre de 1868, paraguayos y aliados no respetaron ni la Navidad

Por Vidal Mario

Diciembre de 1868 pasó a la historia como uno de los meses más trágicos de la trágica Guerra de la Triple Alianza. Ese mes y año cuatro sangrientas batallas en menos de treinta días, con miles de muertos de uno y otro bando.

A la hora de combatir, en esa oportunidad paraguayos y aliados por igual no respetaron ni la Navidad. Tanto es así que uno de esos cruentos combates se inició el día que en el resto del mundo católico celebraban la Natividad del Señor.

La serie de batallas se inició el día 6 en Ytororó y siguió el 11 del mismo mes en Avahy, donde las para entonces ya diezmadas fuerzas paraguayas contuvieron hasta la muerte del último soldado el avance de las tropas aliadas.

En Avahý, para el anochecer del 11 de diciembre y en un espacio de una hectárea ya estaban amontonados más de tres mil quinientos cadáveres paraguayos.

Llovía, y en el fango era difícil distinguir al viejo del muchacho, al oficial del soldado. Los prisioneros, un millar de paraguayos, casi todos ellos muy malheridos, murieron finalmente, y fueron puestos junto a los cadáveres de sus compañeros.

Los vencedores descubrieron en las inmediaciones a las mujeres que seguían al ejército paraguayo. Perseguidas por el campo de batalla, arrojadas al suelo, fueron violadas en el fango.

La llamada “gran tumba de Avahý” fue otro doloroso ejemplo de la extrema crueldad que puede alcanzar una guerra cuando se rompen todos los códigos morales.

En Avahý, recuerda J.I. Garmendia, los soldados aliados no demostraron piedad ni con los niños.

En su libro Recuerdos de la Guerra del Paraguay, anota:

“Aterrados y anonadados, sin escape, se agrupan entre sí los paraguayos (5.000 frente a 22.000 aliados); los más bravos venden cara su vida, otros sucumben sin sentirlo; los niños lanzan sus armas y se arrojan a los pies de los soldados brasileños, se arrastran y oprimen sus rodillas, pidiendo compasión. No hay ni un destello de piedad. La piedad no da oídos en aquella expansión de odios sin resistencia”.

 

Lomas Valentinas

 

Después vino la batalla de Lomas Valentinas, que fue otra de las más feroces batallas de la guerra de la Triple Alianza. Comenzó el 17 de diciembre de 1868, y duró nada menos que siete días.

Allí, donde hubo prodigios de heroísmo de parte de los combatientes de ambos bandos, los aliados padecieron una derrota total, la más grave desde Curupaity.

Perdieron cerca de cuatro mil hombres, y entre los centenares de heridos se contó al propio comandante en jefe de la columna brasileña, barón de Triunfo.

Pero para los paraguayos también esa batalla fue un desastre porque, en hombres y cañones, sus pérdidas fueron parecidas a las del enemigo. Fue derrota a pesar de la victoria porque a esa altura el Paraguay ya no podía darse el lujo de perder miles hombres en una semana.

Testigo de esa semana de horrorosa matanza fue el embajador estadounidense en el Paraguay, Martin T. MacMahon.

Comparado con la cantidad de soldados con que seguía contando el ejército aliado, luego de éste combate al mariscal López ya sólo le queda un puñado de combatientes.

 

Itá Ivaté

 

Lugar de desarrollo de otro de los terribles combates de la Guerra de la Triple Alianza. Comenzó a las seis de la mañana del día de Navidad del año 1868 y terminó a las diez de la mañana del día 27. No hubo tregua. Se pasaron Navidad peleando.

En esa batalla, menos de seis mil paraguayos, muchos de ellos adolescentes, mujeres y niños, enfrentaron a más de veinticuatro mil soldados enemigos.

El desastre paraguayo fue completo. Los aliados perdieron, entre muertos y heridos, menos de mil hombres. El mariscal López, excepto dos centenares de hombres que se refugiaron en los bosques cercanos, perdió aquí casi todo su ejército.

A diferencia de Avahý, donde el estrago se había concentrado en un espacio pequeño, aquí los muertos y heridos paraguayos estaban esparcidos por todas partes. Casi todos eran niños, muchos todavía no habían cumplido diez años.

Un escritor dijo sobre esas infortunadas criaturas: “Cuando a los cadáveres se les quitaba aquel disfraz parecían niños dormidos después de un día de juego”.

Esta batalla también fue presenciada por el embajador norteamericano MacMahon. Su testimonio es también escalofriante:

“Siento mucho decir que más de la mitad del ejército paraguayo se compone de niños de diez a catorce años de edad. Esto fue lo que hizo que la batalla del 21 de diciembre y la de los días siguientes fueran realmente pavorosas y desgarradoras. Aquellos pequeños, en la mayoría de los casos completamente desnudos, regresaban del combate en grandes números. Muchos venían arrastrándose, mutilados de modo inconcebible. Parecía no haber lugar para ellos y erraban, impotentes, hacia el cuartel sin proferir llanto ni gemido”.

Lamentablemente, muchos otros niños seguirían después muriendo en otros campos de batalla –especialmente en Acosta Ñu-, porque el 14 de febrero de 1869 el Mariscal declaró adultos a todo varón de doce años y, por lo tanto, aptos para el combate.

 

*(Historiador. Autor de dos libros sobre la

                                                            Guerra de la Triple Alianza)

error: Este contenido está protegido.