20 de julio Día del Amigo

A diferencia de lo que viene sucediendo desde hace más de 30 años, cuando se inventó el Día del Amigo, este año sólo la mitad del país podrá festejarlo. Es que en medio de la pandemia por coronavirus, los privilegiados que están permitidos para juntarse a celebrar son los que viven en las provincias que atraviesan la Fase 5 de la cuarentena.

Si bien esta situación excluye al Área de Metropolitana de Buenos Aires y tanto las autoridades porteños y provinciales anunciaron que habrá más controles para desalentar las fiestas clandestinas y las juntadas en las casas, los argentinos deberán ingeniárselas para mantener el contacto con sus amistades aunque sea de manera virtual: Zooms, videollamadas, mensajes de Whatsapp o saludos vía redes sociales.

Este 20 de julio habrá que reinventarse. Y así como un argentino decidió impulsar esa fecha para festejar el Día del Amigo, este año tendremos la responsabilidad de hacer que ese festejo no se interrumpa y lo adaptemos a los tiempos que nos tocan vivir.

“La amistad es la virtud más sobresaliente porque es desinteresada”, decía Enrique Febbraro, un porteño que hizo de todo, y que pasó a la historia como el responsable de que todos los 20 de julio los festejamos con nuestros amigos.

Febbraro fue odontólogo, psicólogo, escritor, profesor y músico, entre otras tantas ocupaciones. Incluso, llegó a ser candidato, en dos oportunidades, al Premio Nobel de la Paz. Había nacido en la ciudad de Buenos Aires y por muchos años residió en Lomas de Zamora, donde tenía su consultorio. Enviudó en dos oportunidades, tuvo dos hijos y cuatro nietos.

Como tantas millones de personas en todo el mundo, el 20 de julio de 1969 Febbraro estaba pegado a la pantalla de los viejos televisores que, en blanco y negro, mostraban las primeras imágenes del Apolo XI y el increíble fenómeno de los astronautas caminando sobre suelo lunar. Ahí mismo, según relató en diversas oportunidades, tuvo la idea de promover el 20 de julio como el Día del Amigo. Partía del concepto que la amistad era la máxima virtud por el desinterés que llevaba implícito.

Y así fue como decidió mandar un millar de cartas a destinatrios de todo el mundo donde explicaba que había vivido el alunizaje como un gesto de amistad de la humanidad hacia el universo y que estaba convencido que un pueblo de amigos se transformaría en una nación imbatible.

Decía que todo el planeta estaba pendiente de los tres astronautas. “Fuimos sus amigos y ellos, amigos del universo”. Cerca de setecientas personas respondieron a su iniciativa. Su sueño estaba en marcha.

“Un amigo no da consejos, ayuda, acompaña”, destaca el Rotary Club del que Enrique Febbraro era un socio activo. “Mi amigo es mi maestro, mi discípulo y mi condiscípulo. El me enseña, yo le enseño. Ambos aprendemos y juntos vamos recorriendo el camino de la vida, creciendo. Sólo el que te ama te ayuda a crecer”.

Febbraro falleció el 4 de noviembre de 2008. Y además de ser despedido en su ciudad natal como “un vecino ilustre”, todo un país lo recuerda año tras año en este fecha como un “gran amigo”.

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